Empecemos por el principio

Una de las características, o más bien aspiraciones, de las llamadas sociedades avanzadas, es la capacidad de sus miembros de expresarse de manera pacífica en la búsqueda de soluciones a sus preocupaciones. Es en este marco que se desarrollan las diferentes técnicas alternativas de resolución de conflictos.

No obstante, estamos acostumbrados a dejar la responsabilidad de nuestros actos a terceras personas o instituciones, ya sea por nuestra tradición judío-cristiana o porque nuestro ordenamiento jurídico bebe extensamente de la tradición napoleónica. En este sentido, se podría decir que estamos acostumbrados a externalizar la gestión de nuestros problemas. Según vamos creciendo será el padre o la madre, el maestro/a, el jefe/a, el juez/a quien decida cual será la solución a la disputa que les presentemos. Parece que hemos olvidado que, como personas adultas, es nuestra responsabilidad gestionar en la medida de lo posible aquellos problemas que surjan en nuestras vidas. La otra cara de los derechos humanos y sociales de los que disfrutamos es la responsabilidad por nuestros actos ante la sociedad a la que pertenecemos.

En este marco las personas serán capaces de resolver aquellas controversias que se presenten responsabilizándose de cómo responden a ellas. Ahora bien, uno no nace siendo “responsable” en este sentido, se hace. De la misma manera que debemos aprender a andar y a comunicarnos, debemos aprender aquellas características y habilidades que son necesarias para poder gestionar nuestros propios conflictos. De nada sirve quejarse que la mediación o otras formas de solución de conflictos no acaban de calar en nuestra sociedad, cuando desde pequeños estamos acostumbrados a otro tipo de soluciones. Los humanos desconfiamos de lo que desconocemos.


Es aquí donde la escuela tiene un papel muy importante. Desde esta perspectiva, debe ser el lugar donde los niños y niñas aprenden a convivir entre sí para que puedan asumir sus futuros roles como miembros de la comunidad.

Las habilidades relacionadas con resolución de conflictos son esenciales para la convivencia social, ya sea en la escuela, en la comunidad de la que formemos parte o el lugar de trabajo.

La formación en resolución de conflictos en la escuela, puede influir en la reducción de conflictos intergrupales. La escuela tiene la capacidad de modelar la forma en que las personas se relacionan diariamente. Aprender desde pequeños como construir relaciones efectivas entre las personas es importante, no sólo para llegar a acuerdos, sino para definir cómo la gente elige no estar de acuerdo.

Algunos de los conflictos escolares más comunes surgen de las diferencias interpersonales entre los alumnos como pueden ser los conflictos derivados de opiniones contradictorias, distintos intereses y/o objetivos, estatus dentro del grupo, diferencias culturales,… En este sentido es muy importante saber como canalizar las respuestas a estas situaciones dentro de la escuela, ya que las reacciones personales e institucionales a las diferencias, a menudo, pueden tomar la forma de prejuicio, discriminación, o acoso.

El incorporar programas de educación para la resolución de conflictos en el itinerario escolar proporciona un marco para abordar estos problemas. Este tipo de programas promueven respeto y aceptación a través del desarrollo de nuevas formas de comunicación y comprensión.

Los jóvenes merecen la oportunidad de creer que una sociedad no violenta y multicultural es un objetivo deseable y realista. El reto fundamental es involucrar a nuestros jóvenes en el aprendizaje de las habilidades y procesos que les permitirán gestionar y resolver conflictos de manera constructiva; de esta manera, es más probable que utilicen estos procesos de resolución de conflictos en otros ámbitos y momentos de sus vidas.

Las escuelas por sí solas, no pueden cambiar la sociedad en la que vivimos; sin embargo, pueden:

  • Enseñar alternativas a la violencia.

  • Enseñar a los alumnos/as a actuar responsablemente en entornos sociales.

  • Enseñar a los alumnos/as a comprender y aceptar las consecuencias de su comportamiento.

La educación para la resolución de conflictos proporciona los conocimientos, habilidades y procesos necesarios para elegir alternativas al comportamiento violento y autodestructivo cuando se enfrentan a conflictos interpersonales e intergrupales. La expectativa es que cuando los jóvenes aprenden formas constructivas de abordar sus problemas, la incidencia e intensidad de los mismos disminuye.

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Boqué, M.C. (2001). De l’educació a la cultura de pau. Perspectiva escolar, nº 258, p. 60-67.

Boqué, M.C. (2007). Prevención de conflictos y mediación escolar. Revista de Educación de Castilla la Mancha, nº 4, p. 60-66.

Hamburg, D. (1994). Education for Conflict Resolution. Report of the President of the Carnegie Corporation of New York. (https://www.carnegie.org)

Moore, P., and alter (1994). Preventing Youth Violence: Prejudice Elimination and Conflict Resolution Programs. Forum nº 25.



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